Sólo de pensarlo parece absurdo. ¿Cómo vamos a predicar un evangelio sin Cristo? ¿Cómo podríamos construir nuestras vidas cristianas sobre un evangelio sin Cristo? Sin embargo, esa es la clase de “evangelio” que muchos proclaman hoy, y que muchos cristianos profesantes parecen escuchar con deleite.

Este nuevo “evangelio” no carece del nombre de “Cristo”, pero carece de la oferta del Cristo de los evangelios. Este “Cristo” no parece estar preocupado por nuestros pecados y nuestra enemistad con Dios, sino en darle a sus adeptos una vida más placentera y próspera en términos de prosperidad material. Pero como bien señaló Donald Carson:

“Si Dios hubiera percibido que nuestra mayor necesidad era económica, nos habría enviado a un economista. Si hubiera percibido que nuestra mayor necesidad era entretenimiento, nos habría enviado a un comediante o a un artista. Si Dios hubiera percibido que nuestra mayor necesidad era estabilidad política, nos habría enviado a un político. Si él hubiera percibido que nuestra mayor necesidad era salud, nos habría enviado a un doctor. Pero percibió que nuestra mayor necesidad tenía que ver con nuestro pecado, con nuestro distanciamiento de Él, con nuestra profunda rebelión, con nuestra muerte; y nos envió a un Salvador” (D. A. Carson, A Call to Spiritual Reformation).



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