Pocos nos atrevemos a confesar que sentimos miedo y aun menos a admitir que muchas veces nos paraliza. Algunos padecemos de temores obsesivos, caminando siempre a tientas, con paso vacilante, procurando a toda costa no toparnos con los monstruos de nuestra fobia. Cuando somos sobrecogidos, nos conducimos con una sensibilidad anormal. Nos avergüenza el enorme espacio que el miedo ocupa en nuestros corazón, mayor que el de Dios mismo.

Las verdades de la omnipotencia, omnipresencia de nuestro Dios, junto con las promesas de su cuidado deben infundir calma e inspirar valor ante los peligros que nos acechan. Pero, sin duda, el apoyo más entrañable, es reflexionar en el miedo de Cristo.

¿Miedo de Cristo?. ¿Cristo con miedo?. Suena a un disparate o a una blasfemia?. Nada de esto, es Biblia, pero Biblia profunda. Erramos cuando imaginamos a un Jesús temerario, caminando con desplantes de omnipotencia que esfumaba todo temor humano a su paso. A un Jesús con humanidad resplandeciente de divinidad. Curiosamente, algunas pinturas del niño Dios en el pesebre así lo presentan, con una aura divina. Un pincelazo de artista mal informado que representa solo una apariencia de humanidad.

La humanidad de Cristo no era un simulacro de humanidad, era netamente humana.Cuando la Biblia declara que el vino “en semejanza de carne de pecado” Rom. 8:2 , no significa que su humanidad sólo era semejante a la nuestra. Significa que había una diferencia, pero no de humanidad, solo de pecaminosidad. Su nacimiento sobrenatural evitó ser teñido del pecado original que plaga a todo hombre. Por lo demás, era carne y hueso como nosotros.

También, es incorrecto pensar en su humanidad como modificada. Similar a las de los superhéroes de los cuentos Marvel potenciados con nervios de acero, que no se estremecen ante el peligro. La humanidad de Cristo compartía todas las limitaciones físicas -como “sentir sed”- y psicológicas del ser humano, incluso el catálogo completo de emociones humanas como el miedo.

Pocas partes de de la Biblia sacan a relucir esto como el relato bíblico de Cristo en Getsemaní. Mateo 26:36 dice que Cristo “tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera“. El relato paralelo de Marcos repite lo mismo, que Cristo “tomó consigo a Pedro y a Jacobo y a Juan y comenzó a entristecerse y angustiarse“. Sin embargo la traducción no debió ser paralela en Marcos. Pues él utiliza un vocablo diferentes para la palabra “entristecerse”.

La palabra es un derivado de la palabra θαμβέω que significa: miedo. De modo que si la plantamos en el relato, se lee : “Vinieron pues a un lugar que se llama Getsemaní y dijo a sus discipulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro. Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan y comenzó a tener miedo y a angustiarse.”

Pero aún esta traducción no comunica a plenitud. Pues la palabra usada por Marcos derivada de θαμβέω es la forma intensa: ἐκθαμβέω. Describe un estado emocional intenso. La traducción sería:  Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan y comenzó a tener terror y a angustiarse.Ante el nubarrón ominoso que lo abrumaba por la combinación de la traición venidera de un supuesto discípulo, la muerte brutal infligida por hombres con encono por la verdad, y, sobre todo, por el derramamiento de la ira de su propio Padre, Cristo sentía terror.

Varias lecciones se desprenden:

Cristo comprende nuestro medio legítimo

Nadie como Cristo puede comprender nuestro miedo.  No solo por ser omnisciente, sino porque sus nervios humanos fueron sobrecargados de terror cual ninguno de nosotros ha experimentado o llegará a experimentar. Su empatía, no es teórica, sino nata, instintiva. Solo el puede comprender los temores que yacen en los estratos más profundos de nuestro ser.

Asimismo, nadie como él puede socorrernos durante los episodios de miedo. El miedo demanda una incesante atención que sólo Cristo puede suplir.

El problema con el miedo es la parálisis

El problema es cuando el miedo nos paraliza al grado que congela la gracia de Dios, inmoviliza nuestra obediencia, desactiva nuestra fe y termina amputando toda iniciativa espiritual.

En la película Black Hawck Dawn. Uno de los novatos en combate le pregunta al valiente de la tropa: “¿que no sientes miedo nunca?” A lo cual le responde: el problema no es el miedo, todos lo sentimos. El problema es qué haces con tu miedo.”

Cristo no dejó que el miedo lo paralisara, pues de su actividad dependía el bienestar eterno de millones de almas. Resolvió orar con una intensidad tan enérgica como su miedo. La respuesta fue igualmente intensa, Dios envió a un ángel para fortalecerlo.

Dios permite que las sombras del miedo nos envuelvan para tanto enseñarnos a orar antes de avanzar, como para capacitarnos a avanzar, pues ninguna victoria se logra con espada, o con ejército sino con su Santo Espíritu.

El cristiano llega a ser arrollado por el miedo

Al igual que el cristianos no puede tener la identidad de un borracho o adultero, tampoco puede tener la identidad de un cobarde, pues de acuerdo a Apocalipsis 21:7 los cobardes no heredan el reino de los cielos. Pero caer en pecado de cobardía es de todo cristiano.

Ante la recia tormenta los discípulos se acobardaron y fueron reprendidos por Cristo como hombres de poca fe. Pedro, fue caso peculiar en el asunto del miedo. Por un lado, desplegaba actos de temeridad -cortando la oreja al siervo de uno de los sacerdotes, pero por el otro, fue arrollado por el temor cuando negó al Señor tres veces. Pedro desconocía que todo habías sido una jugada de Satanás para sacudirlo. Lo hizo caer, pero no desertar a su fe. Lo importante a recalcar, es que la intercesión de Cristo que lo preservó de la apostasía no previno que por un tiempo fuese anegado por el temor al grado de desactivar su apostolado por un tiempo.

La proxima vez que te sorprenda el miedo o uno de sus sinónimos y superlativos: temor, fobia, pavor, terror, debes de entender que no es falta de hombría, o un sentimiento pecaminoso, sino una emoción netamente humana.

Aunque no todos los hombre aparentan miedo, ni todos aparentan temer a lo mismo, todos almacenan en su alma un catálogo de miedos y terrores. Cuan dulce saber que aún cuando el temor nos ha llevado a avergonzar a nuestro Señor, él no titubea en acercarse a nosotros para rehabilitarnos en el camino de la fe, restablecernos en su obra, y ayudarnos cada día superar nuestro miedo.



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