Uno de los contemporáneos de Baxter nos informa: “Cuando hablaba acerca de temas importantes para el alma, uno veía su espíritu empapado en esos temas”. ¡Con razón era bendecido con un éxito tan formidable! Quienes lo escuchaban sentían que estaban en contacto con alguien que reflexionaba profundamente sobre las realidades del momento infinito.

Éste es uno de los secretos tanto de la fuerza como del éxito ministerial. Y quién sabe qué tanto de la desbordante infidelidad del presente se deba no sólo a la falta de instructores espirituales –no simplemente a la existencia de quienes son escandalosamente infieles e inconstantes- sino a la frialdad de muchos que tienen la reputación de ser formales y fieles. El hombre no puede menos que sentir que si la religión vale algo, entonces vale todo; que si demanda alguna medida de celo y calor, la exige al máximo grado; y que no hay un punto medio entre el ateísmo irresponsable y el más intenso calor del celo religioso. Muchos desdeñan, detestan y se burlan, mientras sus conciencias les están recordando silenciosamente y constantemente que si acaso hay un Dios y un Salvador, un cielo y un infierno, cualquier cosa menos que una vida y un amor tales ¡son hipocresía, deshonestidad, perjurio!

Por lo tanto, la lección que aprenden de los discursos sin vida de la clase de ministros a la cual nos estamos refiriendo es que, ya que estos hombres no creen las doctrinas que predican, no hay necesidad de que los oyentes las crean. Si los pastores las creen únicamente porque gracias a ellas se ganan la vida, ¿por qué quienes no ganan nada con ellas habrían de tener escrúpulos para negarlas?

Rowland Hill dijo: “La predicación imprudente disgusta, la predicación tímida induce al sueño, mas la predicación audaz es la única predicación que le pertenece a Dios”.

Lo que destruye la obra pastoral y arruina a las almas no es simplemente la fe poco sólida, ni la negligencia en los deberes ni la inconstancia manifiesta de la vida. Una persona puede estar libre de cualquier escándalo en cuanto a sus creencias o su conducta y, con todo, ser un obstáculo serio para el bien espiritual de su congregación; puede ser una cisterna seca y vacía, a pesar de su ortodoxia; puede ser una vida gélida o condenada en el preciso momento en que está hablando del camino de vida; puede estar alejando a los hombres de la cruz mientras proclama la cruz con sus palabras; puede estar interponiéndose entre su rebaño y la bendición aun cuando esté, exteriormente, levantando su mano para bendecirla. Las mismas palabras que de labios cálidos caerían como la lluvia, o destilarían como el rocío, brotan de sus labios como nieve o granizo, enfriando todo calor espiritual y arruinando toda vida espiritual. ¡Cuántas almas se han perdido por falta de sinceridad, por falta de seriedad y falta de amor de parte del predicador, aun cuando sus palabras han sido valiosas y ciertas!

Autor: Allan Román



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