Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra

Jeremías 9:24

Quedamos maravillados ante muchas cosas. Puede ser la destreza de un artesano, la belleza de una pieza de arte, el virtuosismo de un músico o la habilidad de un deportista. Para los que poseen esas capacidades, el peligro radica en el poder del orgullo. No son pocas las vidas de grandes cantantes y atletas que al llegar al estrellato terminan creyéndose dioses. Alcanzar un gran logro puede ser la piedra de tropiezo para la caída estrepitosa del que lo alcanza. Nos enorgullecemos de lo que somos, de lo que podemos hacer y de nuestro acceso a personas famosas. Sin embargo, tal orgullo es vano. En realidad no somos nada (los cementerios son un recordatorio de esto), toda habilidad nos ha sido dada y ha sido conservada por Dios (las podemos perder en un accidente o por enfermedad), y el tener acceso a famosos no resuelve todos los problemas. En otras palabras, alabarnos por esas cosas es vano.

En lo único que vale la pena alabarnos es en el conocimiento de Dios. Si existe una razón digna de alabanza es nuestra relación con el Dios de los cielos. Todo otro conocimiento desaparece al lado de éste.

“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Crezcamos en el conocimiento de la esencia misma de la teología. Las demás doctrinas son importantes, pero la doctrina de Dios no tiene comparación. Conoce más de su ser, su naturaleza, sus atributos y sus obras. ¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a leer teología?

Crezcamos en el arte de meditar en las obras de Dios. El texto dice que Él es quien hace misericordia, juicio y justicia en la tierra. Debemos desarrollar la habilidad de reconocer las huellas de Dios por doquier en el mundo.

Crezcamos en nuestro conocimiento experimental de Dios. Él es nuestro Padre, nuestra fuente de consolación, nuestro refugio. Conocerle será lo que nos ayudará a percibirnos de su presencia y compañía constante, especialmente en momentos de aflicción y necesidad. “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5b).

Si en algo debemos alabarnos, debe ser en estas cosas. ¿Estás creciendo en el conocimiento de Dios? ¿En qué te alabas y te enorgulleces?



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