Gálatas ilustra la experiencia de la conversión individual y grupal desde diversos puntos de vista. Iban tan bien, pero les cayó una avalancha de presiones aplastantes: “Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién los estorbó para que dejaran de obedecer a la verdad?” (5:7). El estorbo para la fe en Jesucristo viene de varias direcciones. Interviene la sociología, la psicología y la teología.

Lo primero es la presión social, cultural y religiosa. Dicho en pocas palabras: la cultura mayoritaria o el grupo al que uno pertenece no acepta fácilmente el cambio ni que alguien sea diferente. La estudiante sobresaliente es “Einstein 2”; el joven casto y honesto es “el santurrón”; el empleado responsable “el lambón”. Por eso, la tendencia de todos es a conformarnos y amoldarnos.

Hay dos ilustraciones en Gálatas. Unos tipos se infiltraron en la comunidad de Galacia para espiarlos y hacerlos volver a las prácticas religiosas anteriores a Cristo. Es posible que algunas de estas personas eran peligrosas (2 Cor 11:26). Pablo mismo había sido un “caza-cristianos” (Gal 1:13–14). Se los llama “espías de la libertad” a los “falsos hermanos” que pretendían obligar a los cristianos a seguir practicando las obras de la ley y así impedirles disfrutar su nueva libertad en Cristo (Gal 2:4). Acusan a Pablo en Jerusalén de ir contra las creencias de los judíos; dicen que Pablo está enseñando “a todos los judíos entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones” (Hch 21:21). La identidad religiosa y cultural moldeada por siglos de historia y mantenida por las instituciones y la presión social se ve ahora amenazada. La reacción de los judíos muestra que son humanos, no que sean peores que los demás.

Algunos adultos nos burlamos de los jóvenes diciendo, por ejemplo, que la definición de adolescentes es: “personas que para ser diferentes se visten todos iguales.” Suena chistoso, pero los adultos también presionamos y somos presionados para vivir, vestir, tener y hablar lo que nuestro círculo dicta. Nos toca esperar hasta los 70 para volver a ser auténticos.

El segundo ejemplo de la presión sociológica en Gálatas está en un desacuerdo de apóstoles. Pablo confronta a Pedro “porque antes de venir algunos de parte de Jacobo, él comía con los gentiles, pero cuando vinieron [los judaizantes], empezó a retraerse y apartarse, porque temía a los de la circuncisión” (Gal 2:12). Para Pablo tal comportamiento es hipocresía contagiosa. Pedro se dejó llevar por la presión y se unió al coro de quienes querían obligar a los gentiles a cumplir con las obras de la ley para ser salvos. Es decir, Pedro bailaba al son social que le tocaban.

Las tradiciones religiosas y sociales antiguas pueden cambiar, pero no sin crisis. La presión social hace que las formas de pensar y de ser se mantengan. Existe  una razón sociológica para ello: garantizan estabilidad social.[1] La conversión implica abandono de muchos órdenes.¿Y qué le importa a uno la presión social? Sí importa, y mucho. La persona que “se sale” del grupo al que ha pertenecido también corre el riesgo del ostracismo (aislamiento) y la pérdida de privilegios sociales. Ocurre una especie de exilio social sin desplazamiento geográfico.[2] En el siglo primero los judíos temen que los expulsen de la sinagoga (Jn 7:13; 9:22; 12:37–43; 16:2; 19:38; 20:19).[3] Jesús se lo advirtió a sus seguidores (Lc 12:9) porque la presión social es extremadamente fuerte. A la hora de la aceptación y el reconocimiento, los seres humanos tenemos la tendencia a preferir la gloria del hombre por encima de la gloria de Dios. ¿Le suena familiar?   Continuará . . .


[1]Jaques Ellul, What I Believe, trad. Geoffrey W. Bromley (Grand Rapids, Michigan, EEUUA: Eerdmans, 1989), 111.

[2]Donald K. Smith, “Individualism and Collectivism,” en Evangelical Dictionary of World Missions, ed. A. Scott Moreau (Grand Rapids, Michigan, EEUUA: Baker Book House, 2008), 487. Como muestra el Nuevo Testamento, ocurre tanto con la conversión de individuos como con la conversión de grupos.

[3]W. R. Telford, The Theology of the Gospel of Mark (Cambridge: Cambridge University Press, 1999), 116. Se podrá debatir la cronología y quiénes tenían el poder para expulsar a quién de la sinagoga en su momento, pero el hecho es que el temor existía porque se hacía. Pero nuevamente, hay que decir que los judíos aquí están procediendo como seres humanos que son.



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