Cuenta el cuento que en una ocasión un niño de la ciudad fue por primera vez al campo. Al ver un gallo cumpliendo con sus deberes conyugales, le gritó emocionado a su mamá: “¡mami mira, una gallina de dos pisos.” Historias como estas se pueden multiplicar ad nauseam, pero un solo ejemplo basta para mostrar lo divertido que resulta cuando se aplican categorías culturales de una realidad conocida (horizonte hermenéutico) a otra desconocida y diferente. Aunque normalmente es la gente de la ciudad la que se burla de los campesinos en la metrópolis, el cuento del gallo muestra que en la dirección contraria también ocurren situaciones graciosas.

Algo parecido a lo del niño y el gallo sucede cuando la gente de la ciudad y “con educación” se mete en el mundo rural y agropecuario de la Biblia. No faltan quienes encuentran hasta armas nucleares, aviones y automóviles que el mundo de la Biblia sencillamente no conoce. Si bien es cierto que muchas realidades humanas descritas en la Biblia son universales y por lo tanto de comprensión inmediata, también es cierto que hay otras realidades que nos son ajenas. Y por no reconocer este hecho, con demasiada frecuencia imponemos categorías de nuestro mundo conocido al mundo bíblico, ignorando las distancias culturales, geográficas, lingüísticas, y cronológicas entre los mundos bíblicos y los nuestros. Este problema va desde los asuntos lingüísticos y literarios hasta los puramente costumbristas.

Dos especialistas en el primer mundo bíblico (de los patriarcas al exilio)[1] y otro experto en el último mundo bíblico (Apocalipsis) coinciden el la siguiente advertencia: tenga cuidado de no imponer al mundo de la Biblia categorías del mundo moderno porque no siempre cuadran y pueden resultar en interpretaciones que nada tienen que ver con la Biblia.

¿Qué tiene que ver pues el campesino con el académico? Si se afirma que el vivir en la ciudad y el ser “modernos” es un impedimento para comprender el mundo de la Biblia, porque éste es rural y agropecuario, entonces también debe ser cierto que quien vive en un mundo rural y más parecido al de la Biblia tiene una ventaja para comprender la Biblia. Si el mundo de la Biblia es preindustrial, entonces muchos de sus relatos, imágenes y metáforas, tienen que ver con la vida de agricultores, pastores de ovejas y artesanos. Es decir el mundo de muchas personas en la Biblia se parece más al mundo de muchos campesinos (dependiendo del país) que al mundo tecnológico actual.[2] Esto quiere decir que un campesino en muchos casos podrá tener una mejor comprensión existencial de relatos relacionados con falta de agua, con plagas, con enfermedades sin cura, con metáforas sobre plantas o animales, con tierras estériles, y con un sinnúmero de cosas más, que alguien de la ciudad y “con educación.” Por ejemplo, de lagares llenos de mosto (Prov. 3:10) entienden los vinicultores; o, quién mejor que un campesino para comprender la parábola de los suelos (del sembrador), la falta de agua en Génesis, las figuras de animales en Cantares.

Al académico bíblico por su parte, se le facilitará la comprensión de asuntos literarios, lingüísticos, históricos y culturales, que conocemos por los libros, la arqueología y las fuentes especializadas. Tareas como la traducción de la Biblia, temas como la poesía hebrea y datos sobre arqueología e historia son todas cuestiones de académicos (y de quienes lean sus libros).

Para cerrar, podemos decir que en la interpretación de la Biblia, tanto se debe escuchar al campesino como al académico porque ambos aportan elementos únicos y fundamentales para la comprensión del texto bíblico en sus dimensiones básicas: lo informativo y lo existencial. La interpretación de la Biblia será pues más rica y provechosa para quien vive en la frontera entre el campo y la biblioteca, y disfruta de las mieles de ambos. Entonces a la hora de interpretar la Biblia, no es más el académico ni menos el campesino.

Pero eso no es todo, habrá que escuchar también la interpretación quienes hoy sufren por el hambre, la guerra y las enfermedades (¿los mismos campesinos?), cosas tan comunes en la Biblia. Sospechosa es pues la interpretación de quienes (campesinos o académicos) metaforizan, espiritualizan y alegorizan todo aquello que les es desconocido y aplican al texto bíblico categorías culturales tipo “gallina de dos pisos.”


[1]Victor H. Matthews, Don C. Benjamin, Social World of Ancient Israel 1250-587 Bce (Peabody, Massach.: Hendrickson, 1993; reprint, 1995). Juan Stam, Apocalipsis, vol. 1 (Buenos Aires: Kairós, 1999).
[2]No nos dejemos confundir con la palabra “ciudad” ni la palabra “rey” en la Biblia. Una ciudad podía tener varios miles, pero muchas “ciudades” bíblicas no llegaban ni a 500 habitantes; algunos reyes tuvieron grandes imperios, pero muchos llamados “reyes” tenían reinos que tampoco pasaban de los 500 súbditos. Estamos aquí ante palabras hebreas cuyo campo semántico no es exactamente equivalente a sus correspondientes traducciones en muchas lenguas modernas, incluyendo el español.

Milton Acosta

Autor: Milton Acosta

Profesor de Antiguo Testamento en la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia (www.unisbc.edu.co); Editor de Antiguo Testamento para el Comentario Bíblico Contemporáneo; M.A. Wheaton College Graduate School– Ph.D. Trinity Evangelical Divinity School (Antiguo Testamento)


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