Muchos aprovechan el inicio de un nuevo año para hacer un auto examen de los meses pasados y establecer metas y propósitos para los meses por venir. Seguramente algunos tendrán el propósito de rebajar unas cuantas libras este año, y harán planes específicos de dietas y ejercicios para alcanzar esa meta; espero que muchos otros hayan hecho planes para leer algunos libros durante el 2010; otros se pondrán metas económicas, y así por el estilo.

Pero si te preguntara cuál es la gran meta de tu vida, aquella meta esencial que comprende todas las demás, y que te empeñarás en cumplir con toda dedicación y energía, no sólo en los meses venideros, sino por el resto de tus días ¿cuál sería tu respuesta?

En Fil. 3 el apóstol Pablo responde incidentalmente esta pregunta, y al hacerlo nos muestra cuál debería ser la meta suprema de todo verdadero creyente:

“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:7-14).

El contexto de este pasaje es la advertencia de Pablo a los miembros de la iglesia en Filipos contra la falsa doctrina de los judaizantes, que intentaban convencer a estos cristianos de que la fe en Cristo no era suficiente para la salvación; que era necesario también circuncidarse y practicar ciertos ritos y ceremonias del judaísmo.

Para corregir este error, lo primero que hace Pablo es mostrar con su propio ejemplo, que la salvación se encuentra en Cristo y no en ningún privilegio racial o religioso. Pero una vez hace esto en los primeros 8 versículos, Pablo da un paso más adelante y nos dice que, así como Cristo es central en la salvación, así también es central en nuestra vida cristiana práctica. Él es el origen, pero también la meta de nuestra salvación (vers. 10).

Ya Pablo mencionó en el versículo 8 “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús”, o como lo traduce la Biblia de las Américas, “el incomparable valor de conocer a Cristo Jesús”; eso fue lo que lo llevó a tener lo demás por basura. Pero ahora Pablo retoma el pensamiento y nos dice que lo sigue dando todo por basura para poder continuar avanzando en el conocimiento de ese extraordinario Salvador.

Y Pablo no está hablando aquí de un conocimiento intelectual y académico de la persona de Cristo. No es conocer acerca de Cristo lo que él desea, sino conocerle a Él, tener con Él una relación cada vez más cercana, más íntima: “…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (vers. 10-11).

Dos cosas menciona Pablo aquí en relación con ese conocimiento transformador.

Lo primero
 es que él está consciente de que es imposible crecer en la semejanza del Señor sin el poder del Cristo resucitado. “Yo quiero conocer a Cristo y ser semejante a Él, por eso quiero experimentar en mi vida el poder de Su resurrección”. Así como no tenemos poder alguno en nosotros mismos para ser salvos, así tampoco tenemos poder alguno en nosotros mismos para ser santos. La buena noticia, es que el poder del Cristo resucitado está disponible para todo aquel que cree.

Lo segundo que Pablo menciona en el texto es que esa semejanza a Cristo implica sufrimiento: “y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en Su muerte”.

Pablo tenía una perspectiva realista de lo que implica ser como Cristo. Nuestro Señor tuvo que sufrir el impacto de tener que lidiar con un mundo pecador, siendo Él perfecto en santidad. Entrar en contacto directo con las consecuencias del pecado en el mundo era algo que entristecía profundamente Su corazón.

Y aunque los creyentes nunca seremos perfectamente santos mientras vivamos en este mundo, en la misma medida en que nos parezcamos a Cristo, en esa misma medida experimentaremos más sufrimientos.

Aparte de que en esa misma medida seremos perseguidos y aborrecidos por el mundo (comp. Jn. 15:18-20). Ese aborrecimiento puede llegar incluso a la muerte física, como sucedió con el mismo Pablo y con un montón de mártires a lo largo de toda la historia.

Y no es que Pablo anhelara el martirio como algo bueno en sí mismo. Lo que él anhelaba era ser como Cristo; pero si aún si tuviera que pagar ese precio por parecerse tanto a su Señor, comoquiera sería una honra crecer en tal semejanza que lo lleve a la muerte si fuese necesario (por eso dice en Fil. 1:29).

A final de cuentas, la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros: “si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (vers. 11). Algunos interpretan este versículo como si Pablo tuviera dudas de su salvación, pero nada puede estar más lejos de la realidad (comp. 2Tim. 1:12; Rom. 8:38-39; Fil. 1:6, 21, 23).

Más que un tono de duda, Pablo parece estar expresando aquí la realidad que todo creyente debe poner delante de sus ojos: que la salvación es segura para el que la tiene; y una marca inequívoca de que la tenemos es poner todo empeño en cuidar ese tesoro (Fil. 2:12-13).

La obra de Dios en nuestras vidas no implica en modo alguno pasividad de parte nuestra. De ahí lo que Pablo continúa diciendo en Fil. 3:12-14: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Noten el lenguaje de Pablo: “prosigo” dice en el vers. 12; “una cosa hago”, dice en el vers. 13, me extiendo hacia lo que está delante”; y una vez más en el vers. 14: “prosigo a la meta”.

Ya Pablo ha dicho cuál es su anhelo, su gran meta en la vida: conocer a Cristo cada vez más íntimamente y parecerse cada vez más a Él, con todo lo que eso implica. Y ¿qué hace Pablo para avanzar hacia esa meta?

En primer lugar, examinarse honestamente a sí mismo: “No que lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto…”. El mero hecho de tenerlo como una meta es una muestra de que él sabía que no había llegado.

Pablo se conocía muy bien y sabía que en muchas cosas debía seguir creciendo a la semejanza del Señor Jesucristo porque para eso fue salvado: “Yo quiero asir aquello para lo cual yo fui asido por Cristo”; en otras palabras, “quiero alcanzar aquello para lo cual yo fui alcanzado por Él”.

Dios nos escogió y nos salvó con un propósito en mente: hacernos cada vez más semejantes a Su Hijo (Rom. 8:28-29; Ef. 1:3-4). No te sientas satisfecho por lo que has podido avanzar hasta ahora, porque lo cierto es que, estés donde estés, estás lejos de la meta.

En segundo lugar, Pablo se concentró en la obtención de su meta: “Una cosa hago…”. Es como un hombre corriendo una carrera; él no se distrae contemplando el paisaje o las personas del público; ni siquiera debe enfocarse en los que están corriendo a su lado.

En tercer lugar, y finalmente, Pablo nos dice que él tenía su mirada puesta en la meta que se había propuesto alcanzar: “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (vers. 14). Es posible que Pablo tuviera en mente las carreras olímpicas en Atenas, donde el vencedor recibía una corona de laurel, la suma de 500 dracmas, su manutención de por vida y un asiento de primera fila en el teatro.

Pero cuando Pablo corría, sus ojos estaban puestos en el sublime propósito del llamamiento de Dios. Y ahora yo te pregunto, ¿puedes tú decir igual que el apóstol, que conocer a Cristo y ser como Él es la gran meta de tu vida? ¿Puedes decir igual que él que estás empeñado en alcanzar esa meta, de tal manera que todo lo que haces y todas las decisiones que tomas está supeditado a ella? ¿Puedes decir que tu más profundo anhelo es parecerte cada vez más a Cristo, en dependencia de Su Santo Espíritu?

Recuerda que nosotros tenemos a nuestra disposición el poder de Su resurrección; no hay razón para que te quedes en el estado en que estás. Pídele al Señor que te ayuda a concentrarte en esta meta, y pídele también la gracia que necesitas para seguir avanzando hacia ella cada día.

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.


No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!