“Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído, pues todo sucedió tal como se les había dicho.”— Lucas 2.20

Durante el nacimiento de Jesús, en medio de la suciedad de un establo, se cumplió un milenio de promesas, profecías y esperanzas. Con el nacimiento de un hijo (una realidad que sucede cada día en todo el mundo) ocurrió algo que cambiaría la historia. Todo lo que los fieles estaban anticipando tomó forma. Fue la alineación de todo lo que estaba destinado a ocurrir.
Los pastores oyeron, vieron y todo fue como les habían dicho. En una perfecta conjunción de Cielo y Tierra, Dios vino al mundo conectando a los dos para sus propósitos eternos. Años después, Jesús nos diría de tantas maneras diferentes: «Yo soy la luz que ha venido al mundo» (Jn. 12.46), «…yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn. 10.10), «Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Juan 18.37).
Entonces…
Cuando sentimos la suciedad de la vida en este mundo, podemos focalizarnos en la pureza de Cristo.
Cuando nos sentimos débiles, podemos reposar en el poder de Cristo.
Cuando estamos enfermos, podemos recordar que Él es el Gran Médico.
Cuando estamos confundidos, podemos recurrir a Sus palabras para orientarnos.
Cuando nos sentimos dañados, podemos recordar que Él dijo que no acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde.
Cuando sabemos que hemos pecado, podemos conocer Su perdón.
Cuando estamos descarriados, podemos recordar que Él se llamó a sí mismo «el camino».
Cuando hemos mentido, podemos recordar que Él se llamó a sí mismo «la verdad».
Cuando sentimos que nuestra energía y nuestro entusiasmo menguan, podemos recordar que Él mismo se llamó «la vida».
Y así, podemos orar:
Gracias, Señor Jesucristo, por humillarte y asumir forma de ser humano. Gracias por empujar lejos la oscuridad de este mundo y de mi vida. Gracias por vivir entre nosotros de modo que podamos ver cuánta vida podemos tener. Permíteme vivir las siguientes 52 semanas a la luz de tu presencia y tu poder continuos en este mundo. Y luego poder celebrar nuevamente la Navidad, con alegría.



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