El seguimiento de Jesús se ha hecho parecer más a una ceremonia lúgubre que a una fiesta jubilosa. Como si tener fe en él fuera similar a renunciar a la alegría, a sacrificar la existencia (la de uno y la de otros) y a privarse de disfrutar de la dicha de estar vivos. En esta fúnebre versión del cristianismo, la fe tiene rostro de tormentos y amarguras.

Es cierto que Jesús advirtió que los suyos estarían expuestos a pruebas y aflicciones (Jn.16:33). Pero estas serían consecuencia de vivir la fe con radicalidad. Eran la consecuencia, pero no la esencia de la fe. Pues quien abraza el Evangelio puede tropezar con la persecución y el sufrimiento, pero nadie debería abrazarla para ser perseguido y vivir sufriendo.

Jesús, en una de sus prodigiosas parábolas —por cierto, la más breve de todas— enseñó que encontrar el Evangelio era semejante a haberse topado con un tesoro escondido en el campo. Un hallazgo que produce una inmensa alegría. Y por ser un tesoro tan valioso, el agraciado vende todo lo que tiene para comprarlo.

“Dios es alegría infinita”, según Teresa de los Andes (1900-1920). Si, infinita. Es la alegría de quienes saben que con Jesús la vida es más plena. El Evangelio es un tesoro.

“El reino de los cielos puede compararse a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra, lo primero que hace es esconderlo de nuevo; luego, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo. También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra.” MATEO‬ ‭13:44-46‬ ‭Biblia La Palabra.

Carlos Scott

Autor: Carlos Scott

Carlos es miembro del comité ejecutivo y del consejo de liderazgo global de la Comisión de Misiones de la Alianza Evangélica Mundial (WEA), Reside en Buenos Aires.

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