Juan 1:43-51

Si pudieras escoger tener un encuentro con alguien del pasado, ¿a quién escogerías? Parece una pregunta muy tonta. Esas personas ya no se encuentran en el escenario de la historia humana y no existe manera posible de encontrarnos con ellos en esta vida.
Sin embargo, hay un sentido en el que esto no es cierto. Todavía podemos tener un encuentro con estas personas. Viven aún en la página escrita, ya sea escrita por ellos mismos o por alguien más. Una de las dimensiones más fascinantes y remuneradoras del estudio de la Biblia es éste: trae a la vida a hombres y mujeres que vivieron hace miles de años. Por medio de las páginas de la Biblia hay un sentido en el que tenemos un encuentro con estas personas y aprendemos de ellas.
Desde luego, estamos familiarizados con los grandes nombres de la Biblia: Abraham, Moisés, David, Isaías y Pablo. No hay duda con respecto a la importancia de encontrarnos con estas personas en las páginas de la Escritura. Pero también tenemos figuras menos conocidas que tienen lecciones vitales y poderosas que enseñarnos.
Considera a Natanael. Si se nos pidiera que comenzáramos a mencionar personajes bíblicos, sin duda que tardaríamos un tiempo en llegar a mencionar a Natanael. No es el nombre que salta rápidamente a nuestras mentes cuando pensamos en personajes bíblicos. Pero Natanael, uno de los doce discípulos originales de Jesús, es un hombre con el que todos deberíamos tener un encuentro.

Un mensaje que todavía está vigente
¿Por qué es importante tener un encuentro con Natanael? La primera razón es que él recibió un mensaje que todavía se nos aplica.
En una ocasión, mientras se encontraba sentado bajo una higuera, su amigo Felipe llegó de repente con estas palabras: ‘Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y también los profetas, a Jesús de Nazaret, el hijo de José’ (Juan 1:45).
No fue una aseveración pequeña. Cuando el pecado entró en la raza humana por medio de Adán y Eva, Dios anunció que enviaría un Salvador. Todo el Antiguo Testamento anticipaba la llegada de ese Salvador. La ley de Moisés exponía delante del pueblo las demandas de un Dios santo y la completa incapacidad de ellos para satisfacer esas demandas y, al hacerlo, les señalaba a la necesidad de un Salvador venidero que satisfaría todas esas demandas.
Los sacrificios de animales ponían delante del pueblo la naturaleza de lo que ese Salvador haría. A causa de la culpa debida a sus pecados, las personas merecían morir, pero tales animales eran muertos en su lugar. Por supuesto, esos animales no podían realmente ocupar el lugar de seres humanos y pagar el castigo debido a sus pecados, pero sí podían señalar (como de hecho hacían) hacia el Salvador que sí podía tomar el lugar de los pecadores y cargar sobre sí el castigo de la muerte eterna.
La predicación de los profetas presentaba delante del pueblo ese mismo Mesías venidero y su muerte redentora en lugar de pecadores (Is. 53).
Algunos ven la época del Antiguo Testamento como un tiempo en el que Dios primero estaba probando un plan de salvación y luego otro, pero Dios siempre ha tenido un solo camino de salvación, y ese camino era y es su Hijo, Jesucristo. La gente del Antiguo Testamento se salvaba exactamente de la misma manera en que lo somos hoy —es decir, por medio de la fe en Cristo. La única diferencia es que ellos miraban en fe hacia adelante a la venida de Cristo, mientras nosotros miramos en fe hacia atrás a esa venida.
Lo que Felipe anunció en esa ocasión a Natanael era realmente asombroso y monumental. Generación tras generación habían venido e ido, pero la promesa de Dios no se había cumplido. Pero ahora Felipe se encuentra frente a Natanael expresándole: ‘¡Lo hemos encontrado!’
Este feliz mensaje que Felipe anunció en aquella ocasión no ha sido retirado. Es tan buenas noticias hoy como lo fue en aquel día. El Cristo que Felipe encontró vino a dar salvación eterna muriendo en la cruz, y esa salvación todavía está disponible hoy.

Una actitud que todavía prevalece
La segunda razón por la que deberíamos tener un encuentro con Natanael es porque reflejaba una actitud que todavía existe. Nos gustaría pensar que la respuesta de Natanael a la noticia de Felipe fue ponerse de pie de un salto y gritar de gozo: ‘¡Muéstrame el camino!’ Pero no fue así. La noticia que Felipe le anunció debió sonar como una hermosa melodía a sus oídos hasta que llegó a la parte en que habló de Nazaret. Esa palabra interrumpió la melodía con un ruido espantoso.
Quizás Natanael estaba pensando en la profecía de Miqueas acerca de que el Mesías nacería en Belén (Miqueas 5:2). Quizás asumió que no era posible que el Mesías de gloria viniera de un pueblo tan poco atractivo y de tan poca distinción como Nazaret. Sea lo que sea que haya pasado por su mente, fue suficiente para concluir que Felipe estaba equivocado. Este Jesús podía ser muy maravilloso y especial, pero no podía ser el Mesías. Tal cosa era sencillamente inconcebible. En ese momento, Natanael no podía aceptar el mensaje porque tenía una idea preconcebida que lo descartaba.
Nanatael no fue el último en tener una predisposición en contra de la verdad. Sólo se necesita que alguien proclame las buenas nuevas de que el perdón de los pecados y la vida eterna en el cielo están disponibles en Cristo, y muchos las descartarán sin siquiera escuchar las evidencias, y esto así por su prejuicio en contra de la verdad. Ellos dicen: ‘¿Salvación eterna por medio de un rabino judío que murió en una cruz romana hace dos mil años? Eso es ridículo. Es sencillamente inconcebible. Nadie en su sano juicio podría creer tal mensaje’.
A todos aquellos que están atrapados en las garras de un prejuicio en contra de la verdad, nosotros los cristianos les compartimos las palabras de Felipe a Natanael: ‘Ven, y ve’ (Juan 1:46). Les pedimos que suspensan su prejuicio lo suficiente como para venir y dar un vistazo a la evidencia a favor de Cristo.

La evidencia que todavía debe ser tomada en cuenta
Esto nos lleva a otra razón por la cual debemos tener un encuentro con Natanael: él halló una evidencia que no pudo negar. La invitación de Felipe fue una que Natanael no pudo resistir. Aun si Jesús no fuera el Mesías, era obvio que había causado tal impresión sobre Felipe que Natanael tenía que saber más acerca de él. La Escritura no nos dice lo que Natanael esperaba hallar cuando se encontrara con Jesús. Su gran suposición con respecto a Nazaret descartaba de plano cualquier expectativa de encontrarse con el Mesías. Pero eso fue exactamente lo que encontró.
Mientras él y Felipe se acercaban, Jesús le dijo: ‘He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño’ (v. 47).
La respuesta de Natanael era exactamente lo que hubiésemos esperado. Él era el tipo de personas escéptico que no saltaría a conclusiones sin evidencia, y por tanto, no podía aceptar la recomendación que había sido hecho con respecto a Jesús sin saber cómo Felipe había llegado a esa conclusión. ‘¿Cómo es que me conoces?’, le preguntó (v. 48).
La respuesta de Jesús no sólo tomó a Natanael desprevenido, en realidad le cambió para siempre: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’ (v. 48).
La evaluación que Jesús hizo de Natanael no fue simplemente un acierto casual o un halago sin fundamento con el propósito de ganarse su favor. Estaba basada en un conocimiento personal. Tal conocimiento era tan comprehensivo y penetrante que abarcaba aun lo que había debajo de la higuera. Allí estaba oculto de los ojos de los demás, pero no de los de Cristo.
El prejuicio de Natanael quedó deshecho ante el brillo deslumbrador de la omnisciencia de Jesús. Ahora Natanael conocía la verdad acerca de Jesús, y confesó rápida y poderosamente la verdad: ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’ (v. 49).
Es interesante que Natanael no tenía nada que decir acerca de Nazaret. Todavía no sabía cómo Nazaret encajaba en el rompecabezas, pero no podía permitir que lo que no conocía oscureciera lo que sí conocía. Este Jesús era el Mesías. Para él no podía haber otra explicación. Natanael podía esperar en cuanto descifrar lo referente a Nazaret, pero lo que no podía esperar era el confesar la fe que había inundado su corazón. Los cristianos no creen en Cristo porque les haya dado la respuesta a toda pregunta que jamás haya cruzado por sus mentes, sino porque han encontrado evidencia abrumadora de que Él ciertamente es Dios encarnado.
Los relatos de los Evangelios que dan testimonio del conocimiento penetrante que el Señor tiene de los hombres, como el que tenemos aquí con Natanael, es tan sólo una de tales evidencias (Juan 2:23-25; 4:17-19, 29). Tenemos, además, aquellos pasajes que afirman de forma explícita que Jesús conocía lo que le sucedería antes de que sucediese (Mt. 16:21; 17:22-23; 20:17-19). Luego están aquellos episodios en los que demostró su poder sobre las enfermedades (Mt. 4:23-24; 9:35; 14:34-36; Mr. 1:34), la naturaleza (Mr. 4:35-39) y muerte misma (Mr. 5:35-43; Lc. 7:11-15; Juan 11:43-44).
Además de estos, encontramos numerosos pasajes que demuestran su cumplimiento con detalles minuciosos de las profecías dadas siglos atrás (por ej. Mt. 21:5, 9; 27:35; ver también Lc. 24:27, 44). El suspiro sobre el pastel, para decirlo de una forma, es su propia resurrección de entre los muertos.
Armados con tal evidencia, el cristiano sabe que puede esperar confiadamente que sus interrogantes menores serán respondidas. Una vez tiene respuesta para las grandes preguntas con respecto a la persona y obra de Cristo, las demás preguntas no parecen tan apremiantes ni urgentes.

Una promesa que todavía vale
Esto nos trae a la razón cuarta y última por la cual deberíamos tener un encuentro con Natanael: él recibió una promesa que todavía vale.
Ese día, Natanael habría estado más que satisfecho si lo único que hubiera tenido fuera ese encuentro con el Mesías. Pero el Señor Jesucristo todavía no había terminado con él. Natanael le había reconocido como el Mesías porque Jesús le había visto sentado debajo de la higuera. Eso no era nada en comparación con lo que Natanael iba a ver. Jesús dijo: ‘En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre’ (Juan 1:51).
La terminología de Jesús no se quedó perdida con Natanael. Fue tomada de la historia del patriarca del Antiguo Testamento, Jacob. Cuando huía de su hermano Esaú, Jacob tuvo una visión en la que vio una escalera que llegaba hasta el cielo y a ángeles ascendiendo y descendiendo por ella. La escalera que Jacob vio era tan sólo una luz tenue del Cristo venidero. Él es la única escalera verdadera entre el cielo y la tierra. Leon Morris afirma que Jesús es ‘el eslabón’ entre el cielo y la tierra, y el medio por el cual las realidades del cielo descienden hasta la tierra’.
Natanael, y los demás discípulos, estaban destinados a ver a Jesús traer el cielo a la tierra. A lo largo de todo su ministerio verían su poder y gracia celestiales.
La promesa que el Señor Jesús dio a Natanael es una que todos los cristianos pueden clamar. Al igual que él, nosotros también hemos gustado de tal poder y gracia celestiales, pero, gracias a Dios, todavía queda mucho más por venir. El Señor Jesús dice a todo su pueblo: ‘Cosas mayores que éstas verás’ (v. 50). Esa promesa se cumplirá finalmente cuando Él nos reciba en los terrenos de la gloria eterna.
Si recibiremos cosas tan grandes y maravillosas, debemos hacer igual que Natanael y deshacernos de nuestras dudas y escepticismo, y abrazar a Cristo con una fe viva y genuina. Debemos unirnos a él y decir a Cristo de corazón: ‘Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’ (v. 49).
Vivimos en días en los cuales hay una marcada falta de definición con respecto a la verdad religiosa. Nos enorgullecemos, no de nuestras convicciones, sino de nuestras dudas, y fruncimos el ceño contra aquellos que claman tener certeza. Nada irrita más a las personas de hoy que alguien que clame que existe tal cosa como la verdad absoluta y que él o ella la ha encontrado. No nos molestan las personas que están buscando la verdad, siempre y cuando nunca lleguen a la misma.

Mientras los vientos de la tolerancia y del pluralismo continúan soplando sin parar, demos a conocer la voz de que la confesión sincera de Natanael debe ser nuestra si es que esperamos entrar en el cielo al final. Nadie puede ser salvo que no esté definido en su convicción con respecto al Señor Jesucristo. El camino que lleva a la vida eterna tiene una puerta estrecha (Mt. 7:13-14). Esa puerta es demasiado angosta como para que alguien entre armado con ambigüedades e incertidumbres.



No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!